El galpón olía a óxido, moho y desesperación. Las paredes descascaradas absorbían el silencio como esponjas envejecidas. Nada allí vibraba con vida, excepto ella.
Miranda.
Sentada frente a una mesa metálica, iluminada apenas por la luz fría de una lámpara colgando de cables torcidos, cortaba una prenda de bebé blanca con una pequeña y afilada cuchilla. Sus manos se movían con precisión quirúrgica. La respiración era calma, casi serena. Sobre la mesa había una nueva ropita de bebé, doblada con m