La casa estaba en silencio, envuelta en aquella penumbra cálida del final de la tarde. El sol entraba por las ventanas en franjas doradas, esparciendo brillo sobre los muebles, sobre el suelo… y sobre ella. Helen estaba sentada en el sillón de la terraza, con una taza de té en las manos y la mirada perdida en el cielo anaranjado. Llevaba un vestido ligero, azul claro, que parecía hecho para ella: delicado, suave, revelando más de lo que ocultaba. Su cabello estaba suelto, cayendo sobre los hombros en ondas que parecían haber sido moldeadas por el propio viento.Ethan se detuvo en el marco de la puerta, observándola en silencio. El corazón se le apretó con aquella escena. Era como si, por un instante, el mundo entero se hubiera callado solo para que él pudiera mirarla así.—Chatita… —la llamó con voz baja, cargada de dulzura.Helen se volvió despacio, y sus ojos brillaron de inmediato al verlo allí.—Llegaste —sonrió, levantándose con calma—. Pensé que todavía estabas en la oficina.—M
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