El cielo del final de la tarde estaba cubierto por nubes pesadas, tan grises como el alma de Miranda. Dentro del coche estacionado al otro lado de la calle, observaba la entrada principal del edificio empresarial con ojos fijos y salvajes. Sus dedos tamborilean el volante con impaciencia. La radio y el aire acondicionado estaban apagados, y el silencio, casi absoluto, solo era interrumpido por la respiración irregular que escapaba de sus labios entreabiertos.Fue entonces cuando los vio.La puerta giratoria se abrió, y Ethan salió primero. Alto, sonriente, impecablemente vestido. La camisa blanca arremangada hasta los codos, el saco colgado despreocupadamente sobre el hombro. Detrás de él, James. Los dos reían de algo que acababan de comentar. Era una complicidad tranquila, relajada. Un tipo de hermandad que Miranda nunca había visto antes entre ellos.Se chocaron los puños y siguieron caminando lado a lado por la acera. Ethan decía algo con entusiasmo, y James negaba con la cabeza, r
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