El Refugio de los Traidores vibraba con una energía antigua y solemne. Las raíces que cubrían las paredes se movían lentamente, como si respiraran al ritmo del bosque mismo. El estanque de agua plateada en el centro reflejaba la luna llena que brillaba en el exterior, aunque ninguna grieta permitía ver el cielo. Era un lugar sagrado, construido para que los pecadores pudieran pagar sus deudas.Natalia estaba recostada sobre un lecho de musgo blanco que Sarah había encantado. Su rostro estaba bañado en sudor, el cabello pegado a la frente y los ojos ámbar llenos de dolor y determinación. El niño empujaba con fuerza, ansioso por nacer bajo la luna llena.Bryan, aún débil por la batalla anterior, se arrodilló a su lado y sostenía su mano con fuerza. Su pelaje oscuro estaba manchado de sangre seca, y las vetas plateadas de la sangre del Progenitor palpitaban con menos intensidad.—Respira, mi amor —susurró él, besando su frente—. Estoy aquí. No voy a dejarte.Natalia soltó un grito ahogado
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