El aire en Eldoria había dejado de oler a pino y tierra mojada; ahora apestaba a ozono, a metal recalentado y a la inminencia de la muerte. Sobre nuestras cabezas, la fortaleza móvil de Vance, una mole de acero que desafiaba las leyes de la gravedad y de la decencia, proyectaba una sombra alargada que parecía querer devorar el bosque entero. Pero en el claro donde nos encontrábamos, el calor no venía de las máquinas. Venía de nosotros.El vínculo que Natalia, Derek y yo habíamos formado seguía vibrando en el aire como una cuerda de guitarra a punto de romperse. Derek se había alejado unos metros, su cuerpo de Alfa marcando el territorio, vigilando las sombras con esa mirada de quien ya ha aceptado que su final está cerca. Mi madre, Sarah, descansaba agotada bajo la raíz de un árbol milenario, protegida por el silencio. Eso nos dejaba a Natalia y a mí en una burbuja de tensión que quemaba más que el fuego de la ciudad subterránea.Me miré las manos. Las venas de mi brazo derecho latían
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