El aire se puso pesado, como cuando va a caer un palo de agua en pleno agosto. Pero esto no era lluvia. Era algo más viejo que el tiempo.
El Guardián emergió de la negrura como una montaña de músculos y pelo erizado. No era un lobo. Era una aberración de garras inmensas y esos ojos rojos que parecían brasas encendidas en el monte. Un gruñido sordo, que te hacía vibrar hasta los dientes, retumbó en las ruinas.
Bryan dio un paso al frente. Su instinto le decía que corriera, pero su sangre... su s