Bryan sentía que el alma se le estaba partiendo en dos. Miró a Derek, ensangrentado y digno en el suelo, y luego a su madre. Por un segundo, una esperanza desesperada le cruzó la mente: “Dime que soy de él, mamá. Dime que soy un lobo aunque sea hijo de un asesino, pero no una pieza de metal en sus manos”. Deseó con todas sus fuerzas que el cariño que Sarah le mostraba a Derek fuera la prueba de que su sangre era pura, de que Derek era su verdadero padre.
Pero el silencio de Sarah fue un hachazo