La lluvia empezó sin aviso, como si el cielo hubiera decidido acompañar el peso de lo que iba a pasar, un diluvio que se desataba con furia contenida. Era un martes por la tarde, el cielo plomizo desde la mañana, y el agua golpeaba los cristales de la casita con un tamborileo constante que ahogaba el ruido del mundo exterior, un ritmo que se sincronizaba con el pulso acelerado de mi corazón. Caleb estaba en la sala, construyendo una torre de bloques que se tambaleaba peligrosamente cada vez que se inclinaba para añadir una pieza más, su concentración infantil un bálsamo efímero en la tormenta interna. Yo estaba en la cocina, preparando chocolate caliente, el vapor aromático elevándose como un velo de consuelo, cuando sonó el timbre, un sonido agudo que cortó el aire como un presagio.Isaías.Llevaba el cabello empapado, gotas resbalando por su rostro como lágrimas no derramadas, la chaqueta de cuero negra pegada al cuerpo, delineando los contornos de una fuerza que ahora parecía vulner
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