El primer signo de quiebre en el muro familiar llegó sin estruendos ni lágrimas derramadas: un mensaje de Jaime a las 7:43 de la mañana. «Edith, ¿podemos vernos? Omar y yo queremos hablar. Sin Mariel. Sin nadie más».Mi corazón latió con fuerza, un pulso acelerado que resonaba como un eco de desconfianza acumulada. No respondí de inmediato. En su lugar, llamé a Ligia, mi ancla en medio de la tormenta.—¿Es una trampa? —pregunté, la voz temblorosa como un hilo a punto de romperse.—No lo sé —admitió ella, su tono cálido pero cauteloso—. Pero si es real… podría ser el comienzo. Y si no, al menos sabrás quiénes son tus aliados verdaderos.Acepté un café en un lugar neutro, lejos de la imponente casona Cortés. Llegué puntual. Los gemelos ya estaban allí, nerviosos, con sus tazas intactas y las manos entrelazadas bajo la mesa.—No venimos a pedir perdón —empezó Jaime, voz baja y firme—. No lo merecemos todavía. Pero Mariel mintió durante años. Nos decía que eras manipuladora, que solo quer
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