Al bajar las escaleras, el murmullo de las sirvientas en el vestíbulo la detuvo.—...no le baja la fiebre con nada —decía una, preocupada—. El doctor vino temprano, pero el señor sigue ardiendo. Dice que es un resfriado, pero ya sabemos que el señor Alessandro no se enferma nunca, y cuando lo hace, le da muy fuerte.Audrey se acercó, sorprendiendo a las mujeres.—¿Qué pasa? ¿Alessandro está enfermo?—Sí, señora. Amaneció con una fiebre muy alta. Está en su habitación, pero se niega a que llamemos a una ambulancia.Audrey dudó un segundo. Él era un idiota, un controlador y un arrogante, pero la idea de que estuviera sufriendo hizo que su instinto de cuidado se impusiera sobre su orgullo. Subió al ala este de la mansión, una zona que apenas conocía, y se detuvo ante la imponente puerta de la suite principal.Al entrar, la habitación la recibió con una penumbra elegante. Era un espacio minimalista, de líneas rectas y colores sobrios, muy propio de él. En el centro de la enorme cama, Ales
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