No debería estarlo. A esa hora, el pelinegro solía estar sumergido en reuniones, pero allí se encontraba, apoyado contra el escritorio de caoba con una rigidez que gritaba peligro. Sus ojos oscuros, cargados de una tormenta que Audrey reconoció de inmediato, la recorrieron de arriba abajo.—Alessandro... ¿qué haces aquí? —logró decir ella, su voz apenas un hilo. Intentó arreglarse el cabello con un gesto torpe, sintiendo cómo el pulso se le disparaba.—Me olvidé de unos documentos —respondió él, su voz era un barítono bajo, cargado de una ironía que la hizo estremecer—. Pero parece que no soy el único que tiene asuntos pendientes a plena luz del día. Te ves agitada, Audrey. ¿O debería decir culpable?La castaña retrocedió un paso, pero él se enderezó, caminando hacia ella con la parsimonia de un depredador.—¿Dónde has estado? —le espetó él, acortando la distancia hasta invadir su espacio personal.—Necesitaba aire, caminar... —mintió ella, bajando la mirada. Pero el pelinegro no acep
Leer más