Audrey cerró la puerta de su habitación con el corazón martilleando contra sus costillas, un sonido sordo que parecía retumbar en las paredes de seda de la estancia. Se dejó caer de espaldas contra la madera, exhalando un aire que no sabía que estaba reteniendo. Su mejilla aún conservaba el rastro fresco del ungüento, pero era el calor de los dedos de Alessandro lo que realmente quemaba su piel.
No lograba descifrarlo. El hombre era un enigma compuesto de aristas cortantes y abismos profundos.