El silencio en la habitación de Alessandro era denso, interrumpido únicamente por el sonido rítmico del paño al ser escurrido en el agua tibia y la respiración errática del hombre postrado en la cama. Audrey trabajaba con una paciencia que solo la maternidad le había otorgado. Observaba cómo las gotas de agua se deslizaban por las clavículas marcadas de Alessandro, perdiéndose en el relieve de sus músculos. Había algo profundamente perturbador en ver a ese gigante derribado; era como contemplar una estatua que, de pronto, revelaba ser de carne y hueso, capaz de sangrar y arder.Las horas se dilataron. Audrey no se marchó cuando trajeron el caldo de pollo; en su lugar, ella misma lo dejó sobre el calentador de mesa, esperando el momento oportuno. Se quedó allí, sentada en la penumbra, viendo cómo las sombras de las cortinas bailaban sobre el torso desnudo de su marido. En su bolsillo, los fragmentos rotos de la tarjeta de Gael se sentían como un recordatorio de su rebelión, pero frente
Leer más