El sol de la mañana se filtraba de manera hiriente a través de la neblina que aún persistía tras la tormenta de la noche anterior. Para Alessandro, la luz del alba no traía esperanza, sino una claridad despiadada que alimentaba su sed de justicia. No había dormido. Había pasado la madrugada entera con el sabor del beso de Audrey en los labios y el crujido de la madera quemada de El Acantilado en los oídos, una combinación que lo estaba volviendo loco.
Eran apenas las siete de la mañana cuando s