El día pasó como una tortura monótona para Audrey. Se negó a tocar las bandejas de comida que el servicio dejaba religiosamente en la puerta, convencida de que aceptar cualquier cosa de Alessandro era ceder una parte de su soberanía. Pasó las horas midiendo la habitación de un lado a otro, sintiéndose como un animal enjaulado, su mente volviendo una y otra vez a los gemelos. ¿Estarían bien? ¿Habría llamado Jennifer a la policía? El miedo era un parásito que le devoraba las entrañas.Alessandro regresó a la mansión pasadas las ocho de la noche. Su humor era sombrío; las reuniones del día habían sido un trámite molesto mientras su mente volaba constantemente hacia la mujer que tenía cautiva. Al entrar, la ama de llaves lo recibió con una expresión de preocupación.—Señor, la señora Sullivan no ha salido en todo el día. No ha probado bocado, ni siquiera el agua.Enojado por lo que consideraba una pataleta de orgullo infantil y a la vez descolocado por la tenacidad de ella, Alessandro sub
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