Horas más tarde, la atmósfera cambió radicalmente al abordar el avión privado de los Di’ Giovanni. Para los niños, que nunca habían volado en algo que no fuera su imaginación, el jet era una nave espacial de lujo.—¡Mira, mamá! ¡Las sillas se mueven solas! —exclamó Emma, saltando sobre el asiento de seda mientras descubría los controles táctiles—. ¡Y hay una televisión dentro de la mesa!Matthew, por su parte, pegaba la nariz a la ventanilla, fascinado por la ingeniería del ala del avión.—¿A qué velocidad volamos? ¿Es más rápido que un tiranosaurio? —preguntó el pequeño, mirando a Alessandro con una expectación genuina.Alessandro, sentado frente a ellos con una copa de cristal en la mano, observaba la escena con una satisfacción poco habitual. No era solo el poder de compra lo que disfrutaba, sino la victoria de ver cómo su mundo empezaba a deslumbrar a los hijos que le habían ocultado. Sus ojos oscuros brillaban con un orgullo posesivo que Audrey, sentada a un lado, no pasaba por a
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