El olor a salitre y metal oxidado se me metía en la garganta, mezclándose con el aroma del tabaco fuerte que fumaban mis hombres mientras esperábamos la señal, el puerto de San Petersburgo, bajo la luz de una luna que parecía de hielo, era un laberinto de contenedores y grúas que se alzaban como esqueletos de gigantes, yo estaba allí, de pie sobre la cubierta de una lancha rápida, sintiendo el peso de la culata de mi fusil contra el hombro, ya no quedaba nada de la Alessandra que temblaba en los salones de Palermo, esa mujer había muerto en el momento en que decidí que, si el mundo quería un monstruo, yo les daría a la Zarina, Nikolai estaba a pocos metros, sentado en el banco de la embarcación, observándome con una mezcla de asombro y una vulnerabilidad que nunca le había visto, sus heridas aún supuraban bajo los vendajes, pero sus ojos, esos zafiros que antes dictaban sentencias de muerte, ahora solo buscaban los míos, buscando un rastro de la esposa que creía haber perdido en la os
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