Narrado por Gabriel CalvelliEl aire en la casa de Mía y Liam era denso, cargado con el perfume de las flores de la costa y el alivio de la vida que se aferraba a un hilo. Isabella estaba de rodillas en el suelo, con Emma y Mía abrazándola, formando un círculo protector que me hacía sentir, por primera vez, que estábamos ganando.Me mantuve a una distancia prudente, con Lucas a mi lado. Estábamos disfrutando de la escena, viendo cómo el alma de mi mujer, poco a poco, empezaba a reconocer el latido de sus amigas. Mía, todavía pálida pero con una sonrisa radiante, le acariciaba la mejilla a Isabella.—No tienes idea de lo que te hemos extrañado, Bella —decía Mía, con la voz entrecortada—. Todos los días rezábamos para que aparecieras.Isabella se separó apenas unos centímetros, limpiándose las lágrimas. Su mirada era de asombro, casi de incredulidad, al ver el vientre abultado de Mía y el de Emma. Con una ternura que me apretó el pecho, extendió la mano hacia Mía.—Están… —dijo Isabella
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