El fuego en mi estómago se convirtió en una hoguera. La tomé por las caderas, y sus rodillas se abrieron instintivamente, recibiéndome.—Entonces, escucha bien —dije, bajando mi voz a un tono bajo y dominante—. No te muevas. No hasta que yo lo diga.Ella asintió, sus labios entreabiertos, su respiración agitada. Empecé a recorrer su cuerpo con mis labios, empezando por su hombro, bajando por su clavícula, descendiendo lentamente hasta sus pechos. La torturé con caricias, con lamidas lentas, disfrutando de cada espasmo de placer que recorría su cuerpo. Ella arqueó la espalda, buscando más, pero recordé mi orden. No te muevas.—Por favor... —susurró ella, con las manos apretando el borde del banco metálico.—¿Por favor, qué? —pregunté, deteniéndome justo antes de llegar a su vientre.—Hazme lo que quieras. Solo... no pares.—Eres mía —dije, y la puse de espaldas, apoyada sobre el banco, sus rodillas sobre el cuero frío. La posición era una tortura para mí, pero un placer visual que no p
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