Narrado por Gabriel Calvelli
La luz grisácea del amanecer de Olimpia empezaba a filtrarse por las rendijas de la persiana, dibujando líneas de polvo dorado sobre la sala. Yo estaba en ese estado de duermevela perfecto, donde el cuerpo pesa pero el alma flota. Isabella estaba fundida contra mi costado, una masa de calidez y suavidad que respiraba acompasadamente contra mi pecho. Estábamos desnudos bajo una manta de lana azul que apenas nos cubría, un refugio improvisado después de una madrugada