Narrado por Gabriel Calvelli
El portazo de Isabella todavía retumbaba en mis oídos como una sentencia de muerte. Me quedé allí, de pie en medio de la sala, con el pecho descubierto y el alma en pedazos. Lucas y Liam no se atrevían a decir una palabra; la caja de pizza sobre la mesa parecía un monumento al mal momento.
—Maldita sea... —susurré, frotándome la cara con frustración.
—Gabriel, mira —dijo Lucas, señalando con la barbilla hacia la ventana que daba a la calle.
Me acerqué rápido. Afuera