—Aquí estoy, Bella —susurré, cerca de su oído—. Sé que me escuchas. Sé que estás ahí, atrapada entre ese veneno y ese tumor. Pero te juro que no voy a dejar que te ganes esta batalla. No voy a dejar que Ebenices gane. Si tengo que buscar a cada médico en este planeta, si tengo que vender mi propia alma para conseguir el antídoto o la técnica quirúrgica necesaria, lo haré.
Me incliné y besé su frente, justo encima de donde se intuía la inflamación del tumor.
—Te amo —dije—. Te amo por encima de