Alcé vuelo a bordo en mi avioneta y le ordené el piloto que se ubicara muy alto, lo más alto posible. -Lo que usted quiera, señora Monroe-, asintió con la cabeza el piloto y me llevó justo donde estaban las nubes, desafiando la atmósfera. Cuando la nave ya estaba lo suficientemente alto, fui a la puerta, alcé un pulgar, estiré una larga sonrisa y ¡pum! me lancé al vacío, sin más ni más, gritando como una loca, sintiendo la adrenalina de enfrentar a la gravedad, queriendo convertirme en una golondrina. Fue una experiencia inolvidable e increíble, la mejor que he tenido en mi azorada existencia. Me sentí dueña del mundo mientras me desplomaba en la nada, acariciada por un viento fuerte e iracundo que sacudía mis pelos y jugaba con el overol que llevaba encima, remeciéndome, tratando de tomarme entre sus manos y acogerme en su regazo. Me encantó sentirme como una gaviota surcando el espacio, devorando la caída libre, viendo todo pequeñito, allá abajo, las casas, los terrales, el
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