Comimos helado en el duty free del aeropuerto. Ambroise era encantador aunque, ya les digo, no tanto como lo había sido Roger, igual yo estaba admirada y encandilada de él. Las chicas que atendían no dejaban de mirarlo, igual que las otras comensales que departían en ese ambiente habitual del terminal aéreo. Esos celos que sentía por la competencia para acaparar a Donald, me animaba, me volvía terca y me obstinaba por él. -Las mujeres te persiguen-, le dije de frente, disfrutando de mi helado de vainilla. Me encanta la vainilla. -He sido beneficiado por la suerte, pues, je je je-, sonrió él divertido. Me gustó su risa amplia, muy blanca y cautivante. Empecé a golpear mis rodillas afanosa. Mis pechos se inflaron igual a globos y se tornaron de repente en piedras. Había mucho fuego en mis entrañas, además. -Te gusta, entonces, que las mujeres te persigan-, estaba yo demasiado encandilada con los ojos de Ambroise. -No te voy a mentir, me encanta que me deseen je je je-, sonr
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