Goginho me invitó a una de sus clásicas parrilladas que hacía con sus jugadores del Unión Bramido en la villa deportiva Monroe. Allí tenemos de todo. Tópico médico, concentración, piscinas, canchas de tenis, coliseo, gimnasio, sala de conferencia, tres canchas de entrenamiento reglamentarias, y y un gigantesco estadio donde jugábamos de local, con palcos y vestidores de primera. Ellos, jugadores y comando técnico, se juntaban una vez a la semana, en las áreas verdes donde estaban los hornos para freír la carne, después de entrenar, y departían conversando animadamente, contándose chistes y pasándola bien. En el equipo reinaba una gran camaradería. Eso me gustaba mucho. -Yo no sé de fútbol, ¿de qué podría hablar con tus jugadores?-, le dije azorada a Goginho, tratando de disculparme y no ir a su parrillada. En realidad yo me había vuelto demasiado taciturna, apagada, escondida, viviendo en mi propio caparazón, dedicada únicamente a mis hijos. -Eres nuestra presidenta, es sufici
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