Alcé vuelo a bordo en mi avioneta y le ordené el piloto que se ubicara muy alto, lo más alto posible. -Lo que usted quiera, señora Monroe-, asintió con la cabeza el piloto y me llevó justo donde estaban las nubes, desafiando la atmósfera. Cuando la nave ya estaba lo suficientemente alto, fui a la puerta, alcé un pulgar, estiré una larga sonrisa y ¡pum! me lancé al vacío, sin más ni más, gritando como una loca, sintiendo la adrenalina de enfrentar a la gravedad, queriendo convertirme en una