La atmósfera dentro del coche de camino a la Hacienda Valera era asfixiante. No se oía más que el rugido del motor y la respiración pesada y contenida de Diego. Elena seguía presionando su chal de seda contra el hombro de Diego; su mano estaba ya completamente roja, cálida y pegajosa. Sin embargo, lo que más sofocaba a Elena no era la sangre, sino el silencio de Diego.Diego miraba por la ventana. Su rostro pálido parecía esculpido en piedra. Ya no bromeaba, ya no hablaba con ese tono casual exasperante, ni siquiera miraba a Elena. Su silencio era mucho más aterrador que su manipulación más astuta.Para Diego, el dolor de su espalda no se comparaba con el caos en su cabeza. Se maldecía a sí mismo. Ese reflejo... maldito bastardo, pensaba. Acababa de demostrar que su defensa se había derrumbado. Su intención era domar a Elena, hacer que ella dependiera de él, pero había sido él quien se dejó afectar hasta el punto de moverse sin pensar. Había perdido el control sobre su propio juego, y
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