El silencio que dejó Elena tras el portazo fue más ensordecedor que sus gritos de hacía un momento. Diego de Valera permaneció inmóvil en la penumbra de la habitación; el vaso de whisky en su mano seguía frío, pero su propia sangre hervía.
Observó la puerta cerrada con los ojos entrecerrados. Las palabras de Elena seguían resonando, girando como cuchillos buscando una fisura en la armadura de su ego.
—¡Soy la única razón por la que aún tienes un futuro ante tu padre!
Diego bebió un sorbo lento,