Los pasos de Diego en la escalera de mármol se sentían pesados; cada pequeño movimiento enviaba una punzada aguda desde los puntos de su espalda. Sin embargo, no era el dolor físico lo que lo mantenía rígido, sino el aroma del perfume de Elena que aún flotaba en el cuello de su camisa, residuo del momento íntimo forzado cuando ella lo vistió en la habitación.En el salón principal, Don Carlos y Doña Sofía se pusieron de pie en cuanto vieron a Diego. El rostro de Don Carlos ya no era cínico; ahora había un brillo paternal y un respeto profundo.—¡Diego! Despacio, hijo —exclamó Don Carlos, adelantándose para sostener el brazo de Diego y ayudarlo a sentarse en el sofá de terciopelo—. Aún no puedo creer que estés de pie tras el golpe de esa estructura de hierro. Realmente tienes la madera de los Valera.Diego forzó una media sonrisa, una expresión que se sentía extraña en su rostro, habitualmente lleno de muecas burlonas. —Solo un rasguño, Don Carlos. No hay que exagerar.—¿Un rasguño dic
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