La partida de Alejandro de Valera solo dejó un breve respiro antes de que llegara la nueva tormenta. Diego no perdió el tiempo. Para él, tres meses no eran solo una cifra, sino una cuenta atrás hacia el poder absoluto. Y para lograrlo, necesitaba una cosa: el reconocimiento del mundo de que ya no era el bastardo salvaje e incontrolable de antes.
Esa mañana, la Hacienda se transformó en un campo de batalla de relaciones públicas. Decenas de medios de élite de toda España, periodistas de sociedad