En cuanto salieron de The Abyss y se sumergieron en el silencio del coche, la atmósfera cambió al instante. Diego encendió el motor, abandonando lentamente aquel callejón oscuro hacia las calles de Madrid, que empezaban a quedarse desiertas.
Diego sentía la adrenalina estallando en su pecho. Su plan había sido un éxito rotundo. Aquellos directores arcaicos habían mordido el anzuelo. Se sentía tan satisfecho que, sin darse cuenta, sus labios empezaron a formar una amplia sonrisa de victoria; la