El aire en la cueva se volvió denso, casi sólido, mientras observaba aquella sombra deslizarse con la elegancia letal de un depredador que no conoce el remordimiento, y sentí que el grito se me quedaba trabado en la garganta como una espina de pescado, quemándome las cuerdas vocales antes de brotar.Gault, el Perro de los Riscos, estaba a solo tres pasos de la entrada donde Dante descansaba, y su mano, curtida por mil batallas invisibles, acariciaba la empuñadura de su daga con una familiaridad que me revolvió las entrañas. No hubo tiempo para pensar en las consecuencias ni en mi propia seguridad, así que, con un movimiento desesperado, agarré un cuenco de hierro que reposaba sobre la repisa de piedra y lo lancé con todas mis fuerzas contra el muro opuesto, provocando un estruendo metálico que resonó en las galerías como un disparo en mitad de la noche.—¡Dante, cuidado, está aquí dentro! —grité con los pulmones ardiendo, mientras el cazador se giraba hacia mí con una velocidad inhum
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