La luz del día, esa que tanto ansié durante las noches de asfixia en los túneles de Crestview, ahora se filtraba por los ventanales de la clínica con una insolencia que me obligaba a entornar los ojos, recordándome que el anonimato era un lujo que había perdido para siempre. Me senté en el borde de la cama, sintiendo el roce de las sábanas de hilo limpio contra mi piel, un contraste violento con el recuerdo del barro seco y la seda desgarrada del vestido esmeralda que ahora yacía en una bolsa de plástico como el despojo de una guerra ganada. A mi lado, Dante dormía con una pesadez profunda, casi antinatural, con el rostro finalmente relajado y el brazo vendado descansando sobre su pecho, ajeno al ruido del televisor que, en la habitación contigua, no paraba de repetir nuestros nombres como si fuéramos los protagonistas de una tragedia griega que apenas empezaba su tercer acto.—Ya no eres una sombra, Valeria —susurré para mis adentros, observando mis manos, que aún temblaban ligerame
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