El grito de Silas desgarró el aire viciado del Gran Salón, compitiendo con el estruendo de la piedra que se fracturaba bajo sus pies. El suelo, cubierto por alfombras de lana gruesa y escudos heráldicos, vibró con una fuerza telúrica que hizo que las pesadas lámparas de araña oscilaran violentamente. Astraea, aún con la mano extendida sobre el informe que acababa de traicionarla, sintió cómo el pánico de los nobles estallaba en una cacofonía de gritos y sillas arrastradas.Silas se desplomó en el umbral, su túnica gris manchada por hilos carmesí que brotaban de sus cuencas oculares. Valerius fue el primero en reaccionar. Con un salto que mostró la potencia bruta de su linaje, se colocó frente a Astraea, protegiéndola con su propio cuerpo mientras su mano buscaba el pomo de su espada.—¡Silas! —rugió Valerius, pero su voz fue ahogada por un nuevo temblor que hizo que una de las columnas laterales se agrietara de arriba abajo—. ¡Guardias, aseguren al Archivista!Mikhail, sin embargo, no
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