El silencio que siguió al descubrimiento del cadáver en el umbral de los aposentos reales era más pesado que el granito de la Ciudadela. Valerius permanecía estático, su figura proyectando una sombra alargada y deforme sobre la alfombra de piel de oso, mientras que Astraea, con los sentidos vibrando por el residuo del elixir vampírico, sentía que el tiempo se estiraba. El olor a hierro fresco —la sangre del guardia degollado— golpeaba sus fosas nasales con una nitidez casi dolorosa. Pero no era