Capítulo 104: El Susurro de las SombrasEl aire en la alcoba real se volvió gélido, una corriente de invierno estancado que hizo que el sudor en la piel de Astraea se transformara en escarcha. Valerius, que un segundo antes la rodeaba con el calor protector de su cuerpo, saltó de la cama con un gruñido ahogado, su instinto de Alpha erizando cada vello de su torso desnudo. La visión era una imposibilidad física: Silas, cuyo cráneo había visto dentro de un cofre horas antes, estaba allí, sentado en la penumbra del rincón, con la misma túnica gris de archivista, señalando con un dedo huesudo hacia el diario de Selene.El libro, depositado sobre la mesa de noche, no ardía con llamas comunes. El fuego azul que lo consumía no desprendía calor ni humo; era una combustión de pura energía etérea que revelaba palabras ocultas entre las líneas de tinta antigua.—¿Cómo es posible? —susurró Valerius, su voz vibrando con una mezcla de horror y furia—. Astraea, quédate atrás. Esa cosa... no es Silas
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