Capítulo 112: El Despertar del Sol NegroEl estallido de la venda de hierro no solo liberó la visión de Astraea, sino que fragmentó la realidad misma de la habitación. Al abrir los ojos, ya no había llanuras blancas ni proyecciones poéticas; solo estaba el horror crudo de la guerra. Victor, cuya piel seguía goteando ese residuo mineral extraño, se interponía entre ella y el Trino, pero su advertencia sobre el "autor de la profecía" no era una metáfora: era una amenaza física.Astraea sintió cómo la sangre del Rey Vampiro terminaba de asentarse en su sistema. Sus sentidos, ahora agudizados por la esencia de su abuelo, detectaron un cambio en el aire. El aroma a ozono del Trino estaba siendo devorado por algo más antiguo: el olor a papel viejo y ceniza que siempre acompañaba a los archivos de Silas.—¡Muévete, Victor! —gritó Astraea, estirando su mano hacia la espada de Vaelen, que seguía clavada en el suelo, supurando ese oro líquido de Alpha.El Trino, ese Valerius de luz cegadora, ex
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