Sienna estaba tendida en el suelo; su vestido de seda color crema —aquel que había elegido meticulosamente para impresionar a Ridell— ahora estaba arruinado por una mancha oscura y humeante de chocolate.Pero no era el vestido lo que captaba la atención de los presentes, sino su rostro.Lloraba desconsoladamente, con un llanto agudo, rítmico y perfectamente modulado que parecía rasgar el aire viciado del cuartel.Al instante, el vacío que rodeaba a Diamond se llenó de movimiento frenético.Un grupo de soldados, hombres que apenas un momento antes discutían sobre municiones y tácticas, corrieron hacia Sienna como si la base entera estuviera bajo ataque.La rodearon, formando un escudo humano de uniformes verdes y rostros endurecidos que, en ese momento, desbordaban una preocupación casi paternal, una ternura protectora que Diamond jamás recibiría en esa tierra.—¡Señorita Sienna! ¡Por los dioses, ¿está herida?! —preguntó un recluta, arrodillándose a su lado con las manos temblorosas, t
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