Ridell North se quedó clavado en la tierra batida, viendo cómo la figura delgada de su esposa desaparecía tras los setos del jardín. Sus puños seguían cerrados a los costados, los nudillos blancos por la presión.La frase de Mark todavía resonaba en el aire caliente, cargada de una insolencia que, de haber venido de cualquier otro hombre, habría resultado en una mandíbula rota.«Si el esposo no la cuida, tal vez alguien más debería hacerlo».Ridell soltó el aire por la nariz, un bufido de toro furioso. Se giró hacia Mark, que ya estaba de espaldas, ordenando a los hombres volver a la formación.—Mark —llamó Ridell. Su voz fue baja, pero cortó el ruido del entrenamiento como una hoja de afeitar.El subcapitán se detuvo y giró sobre sus talones. La sonrisa de lobo seguía ahí, desafiante.—¿Sí, Capitán?Ridell acortó la distancia entre ambos en dos zancadas largas. Quedaron frente a frente, dos montañas de músculo y testosterona.—No vuelvas a insinuar algo así —advirtió Ridell, bajando
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