Amelia estaba abrazada al cuerpo sin vida de Rebeca, aferrándose a ella con desesperación. La apretaba con fuerza contra su pecho, enterrando el rostro en sus ropas, sin dejar de llorar un solo segundo. Las lágrimas le empapaban las mejillas y el cuello, mientras su mente se negaba a procesar la cruda realidad de la muerte. ¿Cómo era posible que hace un momento estuviera viva, revelándole los secretos más profundos de su pasado, y ya no? El dolor le calaba hondo, le dolía el alma de una manera física y asfixiante. Rebeca había trabajado durante décadas para la familia De Lucas, cuidando con devoción de Valerio y de Alessandro desde que eran unos niños, pero siempre, sin importar las circunstancias la cuidaba a ella. Para Amelia, esa anciana cansada era lo más cercano a una segunda madre, una mujer protectora que siempre le había demostrado un cariño incondicional y un amor puro. Era, en definitiva, lo más cercano a una familia real que había conocido en toda su existencia, y ahora, d
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