—¿Por qué? ¿Por qué nunca me dijiste nada de esto? —preguntó él, sintiendo que la mandíbula le temblaba por la contención mientras apretaba los puños hasta que los nudillos se le pusieron completamente blancos, dando un paso agresivo para acortar la distancia que lo separaba de su madre.
Las lágrimas le bajaban a Alessandra por la cara de manera incontrolable, surcando sus mejillas y arruinando el maquillaje impecable.
—Perdóname, hijo. Por favor, perdóname, yo… —comenzó a articular ella con l