Valerio salió de ahí con la sangre caliente y las pulsaciones al límite. La rabia inicial todavía le hacía temblar las manos, pero a medida que avanzaba por el pasillo, un vacío helado comenzó a instalarse en su pecho. Por primera vez en años, se había dado cuenta de que Alessandro decía la verdad, de que no había fingimiento en sus palabras. Ese imbécil amaba a su hermana tanto o más de cómo ella lo amaba a él, con una desesperación cruda que no se podía fingir, y descubrir aquello lo carcomía por dentro.En el fondo de su corazón, Valerio solo quería que su hermana fuera feliz de una buena vez, pero le resultaba intolerable aceptar que esa felicidad se la podía dar únicamente la misma persona que se la había arrebatado en el pasado. Salió de la empresa a paso rápido, cruzando el vestíbulo sin mirar a nadie, y se subió directamente a su auto en el estacionamiento privado. Hacía unos meses que, por estar ebrio y ahogar sus penas, había chocado su vehículo en un accidente que casi le c
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