Ginevra sintió el impacto seco y brutal del látigo en su espalda con una fuerza que le quitó el aire de los pulmones de inmediato. Un dolor sordo, agudo y punzante la recorrió entera en una fracción de segundo, extendiéndose desde la base misma del cuello hasta la punta de los pies. Sintió el calor pegajoso de la sangre fresca bajando lentamente por su piel herida mientras ella abrazaba sus piernas con fuerza, encogiéndose en el suelo de piedra fría de la habitación. En ese instante, sintió que