Alessandro se quedó atónico, sosteniendo el teléfono contra su oreja con una presión que amenazaba con romper el dispositivo, mientras sus dedos comenzaban a temblar de forma incontrolable. Un frío gélido, una sensación de vacío absoluto, le recorrió el cuerpo desde la nuca hasta la punta de los pies, dejándolo paralizado en medio de la habitación que aún conservaba el rastro del perfume de su esposa. ¿Qué demonios estaba diciendo aquella mujer del hospital? Su mente se bloqueó por completo, buscando una salida lógica a la pesadilla que acababan de comunicarle. Seguramente era una confusión, un error, una broma de pésimo gusto. Con un movimiento brusco, giró la cabeza hacia el lado izquierdo de la cama; las sábanas estaban revueltas, pero el lugar estaba vacío y frío, indicando que Amelia se había marchado hacía mucho tiempo. Un nudo asfixiante se posó en su garganta, impidiéndole tragar saliva mientras el pánico comenzaba a ganar terreno.—Amelia, nena... —la llamó en un susurro queb
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