Amelia estaba abrazada al cuerpo sin vida de Rebeca, aferrándose a ella con desesperación. La apretaba con fuerza contra su pecho, enterrando el rostro en sus ropas, sin dejar de llorar un solo segundo. Las lágrimas le empapaban las mejillas y el cuello, mientras su mente se negaba a procesar la cruda realidad de la muerte. ¿Cómo era posible que hace un momento estuviera viva, revelándole los secretos más profundos de su pasado, y ya no? El dolor le calaba hondo, le dolía el alma de una manera