Amelia apretó las sábanas de seda con una fuerza desmedida, sintiendo cómo el tejido se arrugaba bajo sus uñas mientras el aire se volvía irrespirable en la penumbra de la habitación. Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos sin control, surcando sus mejillas con una calidez amarga que contrastaba con el frío gélido que se le había instalado en el pecho. En ese preciso instante, la pantalla del teléfono volvió a iluminarse, arrojando una luz azulada y violenta sobre su rostro desencajado; e