—¿Qué dices? Amelia, deja de mentir y… —balbuceó Alessandro, dando un paso hacia adelante con la voz entrecortada por la incredulidad.
Su rostro, generalmente implacable y seguro, mostraba ahora vulnerabilidad. No podía procesar lo que acababa de escuchar; las palabras flotaban en el aire de la habitación del hospital como cenizas de algo que acababa de ser incinerado frente a sus propios ojos.
Amelia lo miró de frente, ignorando el dolor punzante que le recorría el cuerpo tras el accidente. S