Vittorio abrió la puerta de la habitación de la clínica con un movimiento suave, casi quirúrgico, sintiendo cómo el característico olor antiséptico y el aire filtrado flotaban a su alrededor, impregnando sus ropas. Caminó con pasos lentos y amortiguados por el piso de vinilo hasta llegar al costado de la cama donde, bajo una luz blanca y mortecina, yacía Isabella Moretti. Ella estaba allí, sumergida en un coma profundo que parecía eterno, una quietud absoluta que contrastaba con la turbulencia de los años que habían pasado. Vittorio apretó los puños con una fuerza que le hizo clavar las uñas en las palmas de las manos, sintiendo una furia gélida recorrerle la columna. Para él, ver a su Isabella en ese estado era un recordatorio constante de su fracaso y del accidente que lo cambió todo, un desastre que él atribuía enteramente a la intervención de la mojigata de Amelia. No veía la hora en que ella despertara, que esos ojos volvieran a abrirse para retomar el control de la vida que les
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