Alessandro tomó el documento con manos temblorosas, sintiendo la textura fría y rígida del papel entre sus dedos. Su corazón, que antes martilleaba con furia, comenzó a latir despacio, con una lentitud pesada que le dificultaba la respiración. En ese instante de silencio absoluto, una verdad amarga se instaló en su pecho: la amaba. Quizás esa era la razón por la que la había odiado con tanta saña anteriormente; porque Amelia, antes de transformarse en esa mujer bella, altiva y segura de sí mism