Cuando Amelia llegó finalmente a la mansión y el motor del auto se detuvo, el silencio del jardín pareció caer sobre ella con un peso insoportable. Al intentar hacer el primer movimiento para bajarse, un dolor profundo y punzante le atravesó el vientre, obligándola a encogerse sobre el asiento de cuero. A pesar de que en la clínica le habían suministrado medicamentos potentes, el malestar no cedía; era una presión constante, un recordatorio biológico y cruel de lo que su cuerpo había albergado