Valerio apretó con fuerza el teléfono, enterrando los dedos en el forro de cuero hasta que las costuras crujieron. La pantalla brillaba con el mensaje de Amelia, y cada palabra se sentía como un golpe directo al estómago. Estaba claro: Amelia, su Amelia, estaba embarazada de Alessandro. Sus dientes rechinaron por la rabia acumulada. No era porque deseara a Amelia como mujer, sino porque la amaba como a una hermana de sangre, y el instinto de protección le gritaba que Alessandro sólo volvería a romperla. Conocía la oscuridad de su hermano y sabía que, aunque ahora fingiera ser un hombre cambiado, el rastro de dolor que había dejado atrás no se borraba con un par de días de atenciones. Con una rabia sorda que le subía por el esófago, Valerio lanzó el aparato contra la pared más cercana. El impacto fue seco; el cristal se hizo añicos y el metal se dobló, dejando el teléfono inservible en el suelo. En ese mismo instante, el timbre de su departamento sonó con una insistencia física, como s
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