Los ojos de Lucero se abrieron con una intensidad que casi podía cortar el aire. La rabia hervía en sus venas, y cada músculo de su cuerpo parecía preparado para estallar.Sin esperar un segundo más, avanzó hacia Miranda con pasos firmes, decidida, y la tomó del brazo con tal fuerza que la mujer apenas pudo sostenerse en pie.Lucero no tenía intención de lastimarla, pero no podía permitir que alguien pusiera en peligro a Diego, su hijo. Con un tirón, la sacó de la habitación, obligándola a caminar a su lado, aunque Miranda forcejeaba, gritaba y lanzaba improperios.Gabriel observaba todo, paralizado. Su pequeño Diego estaba en esa cama de hospital, pero sus ojos no dejaban de seguir cada movimiento, cada gesto, cada palabra que cruzaba la escalera de incendios. Su corazón latía con fuerza, un temblor en su pecho que le hacía temer lo peor, pero también lo mantenía alerta. Intentó calmar a su hijo con un susurro:—Ya volvemos, cariño —dijo, con voz suave, acariciándole la cabeza—. Desc
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