—¿Qué quieres hablar, Lucero?
La voz de Gabriel fue fría, directa… casi cortante.
Lucero lo miró fijamente. Por un segundo, sintió que las palabras se le atoraban en la garganta. No era fácil estar frente a él después de todo lo que había pasado, después de todo lo que se habían dicho… y de lo que no.
Pero no podía retroceder. No ahora. No cuando su hijo estaba en un quirófano.
Respiró profundo, obligándose a mantener la calma.
—Diego nos necesita a los dos —dijo al fin, con una voz más firme de